Cuando empezamos a preparar y editar Olímpico Desprecio creo que ninguno de nosotros esperaba que la dictadura china fuese tan burda como para cometer algunos de los errores propagandísticos que ha cometido; al fin y al cabo, la propaganda era lo más importante de estos Juegos para ellos y lo lógico es que la cuidasen hasta el más nimio detalle. Pero bien sea porque el poder absoluto hace a quien lo ostenta creerse más listo de lo que realmente es, bien porque después de tantos años de dictadura comunista se pierde el norte de lo que es moral y lo que no lo es, las autoridades chinas nos han revelado su verdadero rostro, el verdadero rostro de los juegos, con el ridículo cambiazo de niñas de la ceremonia de apertura.
Así, aunque ha habido gestas deportivas realmente impresionantes e históricas, yo y muchos no recordaremos estos juegos por las maravillas de Bolt en la pista o Phelps en la piscina, sino por la pobre Yang Peiyi cantando entre bastidores mientras su rostro se ocultaba "por el bien de la patria" y era la cara de Lin Miaoke, tan bonita ella, la que centenares de millones de telespectadores veían en las pantallas.
Me dirán muchos que tampoco hay que darle tanta importancia a lo que no es más que un detalle de una inmensa ceremonia dentro de un acontecimiento todavía más inmenso, pero yo creo que en muchas ocasiones en los detalles está el significado profundo de las cosas. De China y su régimen se podrían decir mucho (de hecho, mucho se ha dicho ya en este blog que se acerca a su fin) que son terriblemente más graves que se cambie a una niña "fea" por otra "guapa" en un show, pero pocas son tan simbólicas como ese cambio.
Porque es un cambio que simboliza, como pocos, el uso masivo de la mentira, del engaño, la construcción de una fachada de apariencias tras la que se esconden los dientes desparejados y los mofletes gordos de la sociedad comunista; porque es un cambio que simboliza, como pocos, el nulo respeto al individuo, a los seres humanos que son, simplemente, "usados"; porque es una trampa hecha con las personas por definición más desprotegidas, los niños, los que más necesitan del apoyo de los adultos y aquellos en los que se han de transmitir los valores de lo que queremos que sea nuestra sociedad futura; y porque, además, se trata de niñas, las grandes perjudicadas de la política eugenésica del régimen, una política que ha llenado su país de fetos abortados y nuestras calles de niñas chinas que fueron abandonadas a la suerte de que una pareja occidental las sacase del infierno.
Pero lo más simbólico de todo es que Yang Peiyi, cuyo rostro vergonzante había de ser ocultado, no es un monstruo desfigurado sino una niña normal y corriente, a la que las fotos muestran incluso mona y con una cara muy simpática; una ricura, vamos, poseedora además de una voz excepcional. Es una niña, en resumen, de la que todo padre se sentiría orgulloso, pero que no alcanzaba los estándares que requiere "el hombre nuevo", la sociedad perfecta que el PCCh lleva décadas instaurando a sangre y fuego, el fuego de la más atroz de las dictaduras y la sangre de decenas de millones de sus compatriotas.
No, el rostro de estos Juegos no es la cara un poco de paleto de Phelps, ni la de Bolt con sus muecas y sus zapatillas doradas; el rostro de estos Juegos es el de Yang Peiyi, con su voz escondida que nos dice: todo es mentira, todo es una grosera y sangrienta mentira.
