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Saturday, August 23, 2008

Dejad que los niños se acerquen a las Olimpiadas


Una de las normas de la Federación Internacional de Gimnasia(*) establece que la edad mínima para participar en unos JJOO es de 16 años. Sin embargo, el Comité Olímpico chino haciendo alarde de su falta de respeto por las normas, presentó una gimnasta de 14 años, He Kexin, con elviejo truco de falsificar el pasaporte olímpico, en el que la edad que aparecía era, por supuesto, 16 años. Como diría Nicholas van Orton, esto sí que es un cuento chino.

Pero sucedió que He Kexin ganó el oro en paralelas asimétricas y saltó la alarma en forma de rumor. Cuando el COI empezó a investigar la pruba que presentó el comité chino fue el pasaporte olímpico, y ninguno más. Así que el COI decidió dejarlas cosas como estaban.

Sin embargo, un inquieto hacker decidió comprobar la edad de la niña y...¡lo consiguó!

En sus dos exhaustivos posts Hack the Olympics! y Olympics Hacking Part II: Let's Go for the Gold! demuestra que He Kexin tiene 14 años y no 16.

¿Conclusiones?
En primer lugar, la absoluta falta de respeto a las reglas del juego por parte del Comité Olímpico chino, que en vez de dar la cara y resolver las cosas como debe ser, exigiendo responsabilidades a quien corresponda, ha ocultado deliberadamente los datos de la gimnasta.
En segundo lugar, la falta de escrúpulos quienes han manipulado a una niña que ahora tiene 14 años, pero que cuando empezó a entrenarse para los JJOO tendría alguno menos, para que mienta de cara al mundo sobre su edad.
Es claro el respeto por los derechos humanos y por la infancia que existe en este país, adalid de las libertades, que se mofa de la comunidad internacional por segunda vez, primero poniendo ante las cámaras a una niña sin talento musical pero "sin mofletes", y ahora mintiendo descaradamente sobre la edad de la pequeña gimnasta.
En tercer lugar, la censura china que impide acceder a los datos que, gracias a un espabilado hacker se han conseguido finalmente.

Habrá que prestar atención a la reacción del COI. Se ha reabierto la investigación ¿Seguirá mirando al techo y tragando cualquier cosa que China quiera que acepte?

(*) Gracias a Eigen que en un comentario me ha informado del error inicial.

Thursday, August 14, 2008

Un político liberal contra la omertà

Benedettto della Vedova es presidente de Riformatori Liberali y diputado del PDL. En su blog ha publicado un artículo a favor de romper la omertà (ley del silencio) que se han autoimpuesto los políticos italianos, y por extensión los occidentales, para no molestar a la mafia estatal china que organiza los Juegos Olímpicos como el Padrino Michael Corleone hacía generosas donaciones a obras benéficas.
No sé si algún atleta decidirá, en el curso de las Olimpiadas, expresar su apoyo a la causa de los derechos humanos en China y, en particular, su solidaridad con el pueblo tibetano. Si finalmente sucediera, sería un gesto ampliamente reconocido.

Pero la voz de un país como Italia no puede confiarse únicamente a la libre y voluntaria iniciativa de los atletas, a los que no se les puede hacer cargar con el deber de representar políticamente las razones del gobierno, del parlamento y de la opinión pública italiana.

La mejor vía, la más significativa e institucional, pasa a través de la voz directa del gobierno. Y no tengo dudas de que el ministro Frattini y el ejecutivo de Berlusconi buscarán y encontrarán, durante la celebración de las Olimpiadas, la manera de defender la causa de la democracia y de los derechos humanos en China. Los juegos, para los atletas, son una extraordinaria ocasión deportiva. Para los Estados, un impagable escaparate político. Al Gobierno –antes que a los atletas- le corresponde el honor de utilizarlo de la mejor forma posible.
PD. Hasta la fecha no hay noticias ni de Berlusconi ni de Fratini. Ni de Zapatero, ni de Moratinos. Tan lejos, tan cerca.

Deporte, olimpismo y dictaduras

El deporte y las dictaduras son habituales compañeros de cama, o al menos de cuarto. Éste tiene dos caras evidentes. Por una parte está el esfuerzo individual, el que permite al deportista superarse a sí mismo o a un adversario en buena lid. Por otra, supone una especie de conciencia colectiva que identifica a un grupo y que, al ganar, demuestra la superioridad de éste sobre el resto. Es esta dimensión del deporte la que buscan los gobiernos, los estados y desde luego las dictaduras. En esta visión colectivista, el triunfo del individuo es realmente el triunfo del colectivo; lógicamente, su derrota es su fracaso y una frustración para la sociedad a la que representa.

En 1936, la Alemania nazi organizó las Olimpiadas. Adolf Hitler quiso que fueran el escaparate perfecto para demostrar que el Reich de los 1.000 años y la raza aria eran el futuro de la humanidad. Para desgracia de los jerarcas alemanes, Jesse Owens gano a la estrella nazi, Carl Ludwig Long (desconozco si Hitler llegó a conocer la amistad que unió a un negro de Alabama y a su representante ario). Puede que Berlín fuera la primera competición de la era moderna que unió de manera descarada el deporte con la política, pero esto ya venía de lejos. Al fin y al cabo, representantes de Atenas, Esparta, Tebas o Argos luchaban para demostrar que su ciudad era también mejor que las otras.

El fútbol también ha coqueteado con las dictaduras. No sé muy bien cómo, pero la FIFA obsequió a la Junta Militar que gobernaba la Argentina (es un decir) con el Mundial de 1978. No sé muy bien cómo, pero los argentinos ganaron a la Holanda de Johan Cruyff, que se quedó con la miel en los labios por segundo mundial consecutivo, pero sobre todo, muy mosqueados.

Al COI nunca le ha temblado el pulso por dar la organización de unos juegos olímpicos a una dictadura. Además de la mencionada en Berlín, se la dio a la URSS que organizó la de Moscú en 1980. Se lo dio a Yugoslavia que organizó las olimpiadas de invierno de Sarajevo en 1984. Y en 2008, el turno le ha tocado a Pekín para mayor gloria del régimen chino. En definitiva, la Olimpiada se ha convertido en un espectáculo global que en la mayoría de los casos supone un coste excesivo para el contribuyente y un beneficio desmesurado para unos pocos. En el caso de China, el coste asciende a nada menos que 40.000 millones de dólares. Pekín se ha gastado la friolera de 16.000 millones en sistemas de energías limpias y ahorro de agua que no han impedido que siga siendo una de las ciudades más contaminadas del planeta. Pero este coste no es sólo monetario, como consecuencia de las obras que se han acometido, en las que se incluyen la construcción de 19 nuevas avenidas y una terminal en el aeropuerto, barrios enteros han sido suprimidos y miles de personas han sido desposeídas y reubicadas para que los sueños de gloria olímpica del Partido se vean cumplidos.

Cabe preguntarse a estas alturas si este espectáculo es tan beneficioso para la imagen de estos regímenes totalitarios como parecen creer los organizadores. Más allá de los negocios que los miembros del Partido Comunista Chino (PCCh) y allegados hayan podido hacer, está claro que pocos, si es que hay alguno, han podido prever que la organización de los Juegos Olímpicos fuera a provocarles tantos quebraderos de cabeza. Desde que la antorcha olímpica echó a rodar por el mundo, las manifestaciones, las muestras de repulsa contra el régimen y las denuncias de sus atrocidades se ha convertido en una pesadilla para el régimen.

China se ha descubierto como uno de los países más contaminado del planeta (lo que tendría que hacer replantearse a los grupos ecologistas cuál es el mejor sistema para “salvar” el medio ambiente). China es el régimen que más sentencias de muerte lleva a cabo cada año (hecho que no suele arrebatar del ranking oficial de crímenes contra la humanidad en los medios de comunicación a la cárcel de Guantánamo). Sus políticas de represión en Tíbet y Xinjiang han alcanzado límites que, en plena era de Internet, recuerdan más a los perpetrados durante el gobierno de Mao. China incumple sistemáticamente todos los derechos humanos. Su administración se muestra como uno de las más corruptas del planeta y las medidas que se toman para atajar esta lacra (incluyendo ejecuciones ante las cámaras) parecen más un circo mediático que un serio intento de hacer frente al problema.

Pocos, quizá los más cándidos o los que mantienen cierto alineamiento con el régimen comunista, confían en los chinos para solucionar cuestiones que deberían ser simples. China se muestra incapaz de solucionar problemas que en el decadente Occidente tenemos resueltos hace mucho, o al menos, los sobrellevamos mucho mejor. Las representaciones de Estados Unidos y Australia portan su propia comida y el agua es suministrada por Coca Cola. A diferencia de otros, no han olvidado que a mediados de marzo se descubrió que en China el uso de hormonas, antibióticos y otras sustancias en las explotaciones ganaderas dedicadas a carne es habitual, hasta el punto de que se llega a límites peligrosos y que se realiza de manera sistemática y consentida. También se han encontrado restos de insecticidas y otras sustancias que invitan a pensar que los criterios de calidad son como poco, laxos.

La apertura económica china ha generado una nueva aristocracia que vive en torno al Partido y que usa algunas de las herramientas del capitalismo para medrar a costa de cientos de millones de ciudadanos que aún viven en la más absoluta de las miserias. No seamos tan cándidos de creer que si la prosperidad ha llegado al 10% de la población del país más poblado del planeta es porque la libertad empieza a campar a sus anchas.

Al gobierno chino le ha estallado casi sin querer las consecuencias de su propia arrogancia y ha reaccionado como suele hacerlo un sistema represor: con la coacción, la intimidación y la violencia. Sin miramientos ha impuesto a periódicos y televisiones, turistas y visitantes y desde luego a disidentes, críticos o cualquier ciudadano chino que por error u omisión termine perjudicando a los objetivos del PCCh, una censura y un control de sus publicaciones y expresiones. Es lamentable ver como algunos medios occidentales hacen el juego a los dirigentes y colaboran con el régimen. Además, ha encarcelado o exiliado a críticos y opositores y aprovecha cualquier incidente para incrementar estas medidas de represión. La Olimpiada está dejando ver conflictos que después de que transcurran estos 18 días, no pueden volver a ser olvidados. Es nuestro deber seguir recordándolos y denunciándolos.

La falta de transparencia es una constante en la información. Mientras estoy terminando este artículo me entero que la organización ha reconocido que parte de la ceremonia inaugural que se vio el pasado viernes 7 de agosto estaba amañada, que la niña que entonó la “Oda a la Madre Patria” lo hizo en playback porque la belleza de la verdadera intérprete no era la adecuada, que los fuegos artificiales que se observaron habían sido grabados con anterioridad en los ensayos generales, mientras que otros fueron creados con programas de ordenador. Todo sea por la gloria del Partido, todo sea por la gloria de China, todo sea por la desgracia de los chinos, de la gran mayoría.