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Tuesday, August 19, 2008

La Libertad avanza en China y por el aire vuelan las sardinas.

Hay quienes, oscilando entre el buenismo más bobo y el mas siniestro "no hay enemigo a la izquierda" sostienen que la celebración de las Olimpiadas supondrá un impulso para la democratización y la causa de la Libertad en China. Evidencia de este sincero "descongelamiento" chino era el que las autoridades chinas hubieran anunciado que se permitiría al pueblo chino manifestarse pacificamente en determinadas áreas previa solicitud de permiso.


Iniciativa que fue generosamente alabada por el Comité Olímpico Internacional.


Ayer la BBC informaba del resultado de la medida.


77 solicitudes presentadas.

74 de ellas retiradas.

2 de ellas suspendidas.

1 vetada


Número total de manifestaciones celebradas: CERO.


Efectivamente, la Democracia y la Libertad van por el buen camino en China gracias a los Juegos.

[HT Norberg]

Thursday, August 14, 2008

Deporte, olimpismo y dictaduras

El deporte y las dictaduras son habituales compañeros de cama, o al menos de cuarto. Éste tiene dos caras evidentes. Por una parte está el esfuerzo individual, el que permite al deportista superarse a sí mismo o a un adversario en buena lid. Por otra, supone una especie de conciencia colectiva que identifica a un grupo y que, al ganar, demuestra la superioridad de éste sobre el resto. Es esta dimensión del deporte la que buscan los gobiernos, los estados y desde luego las dictaduras. En esta visión colectivista, el triunfo del individuo es realmente el triunfo del colectivo; lógicamente, su derrota es su fracaso y una frustración para la sociedad a la que representa.

En 1936, la Alemania nazi organizó las Olimpiadas. Adolf Hitler quiso que fueran el escaparate perfecto para demostrar que el Reich de los 1.000 años y la raza aria eran el futuro de la humanidad. Para desgracia de los jerarcas alemanes, Jesse Owens gano a la estrella nazi, Carl Ludwig Long (desconozco si Hitler llegó a conocer la amistad que unió a un negro de Alabama y a su representante ario). Puede que Berlín fuera la primera competición de la era moderna que unió de manera descarada el deporte con la política, pero esto ya venía de lejos. Al fin y al cabo, representantes de Atenas, Esparta, Tebas o Argos luchaban para demostrar que su ciudad era también mejor que las otras.

El fútbol también ha coqueteado con las dictaduras. No sé muy bien cómo, pero la FIFA obsequió a la Junta Militar que gobernaba la Argentina (es un decir) con el Mundial de 1978. No sé muy bien cómo, pero los argentinos ganaron a la Holanda de Johan Cruyff, que se quedó con la miel en los labios por segundo mundial consecutivo, pero sobre todo, muy mosqueados.

Al COI nunca le ha temblado el pulso por dar la organización de unos juegos olímpicos a una dictadura. Además de la mencionada en Berlín, se la dio a la URSS que organizó la de Moscú en 1980. Se lo dio a Yugoslavia que organizó las olimpiadas de invierno de Sarajevo en 1984. Y en 2008, el turno le ha tocado a Pekín para mayor gloria del régimen chino. En definitiva, la Olimpiada se ha convertido en un espectáculo global que en la mayoría de los casos supone un coste excesivo para el contribuyente y un beneficio desmesurado para unos pocos. En el caso de China, el coste asciende a nada menos que 40.000 millones de dólares. Pekín se ha gastado la friolera de 16.000 millones en sistemas de energías limpias y ahorro de agua que no han impedido que siga siendo una de las ciudades más contaminadas del planeta. Pero este coste no es sólo monetario, como consecuencia de las obras que se han acometido, en las que se incluyen la construcción de 19 nuevas avenidas y una terminal en el aeropuerto, barrios enteros han sido suprimidos y miles de personas han sido desposeídas y reubicadas para que los sueños de gloria olímpica del Partido se vean cumplidos.

Cabe preguntarse a estas alturas si este espectáculo es tan beneficioso para la imagen de estos regímenes totalitarios como parecen creer los organizadores. Más allá de los negocios que los miembros del Partido Comunista Chino (PCCh) y allegados hayan podido hacer, está claro que pocos, si es que hay alguno, han podido prever que la organización de los Juegos Olímpicos fuera a provocarles tantos quebraderos de cabeza. Desde que la antorcha olímpica echó a rodar por el mundo, las manifestaciones, las muestras de repulsa contra el régimen y las denuncias de sus atrocidades se ha convertido en una pesadilla para el régimen.

China se ha descubierto como uno de los países más contaminado del planeta (lo que tendría que hacer replantearse a los grupos ecologistas cuál es el mejor sistema para “salvar” el medio ambiente). China es el régimen que más sentencias de muerte lleva a cabo cada año (hecho que no suele arrebatar del ranking oficial de crímenes contra la humanidad en los medios de comunicación a la cárcel de Guantánamo). Sus políticas de represión en Tíbet y Xinjiang han alcanzado límites que, en plena era de Internet, recuerdan más a los perpetrados durante el gobierno de Mao. China incumple sistemáticamente todos los derechos humanos. Su administración se muestra como uno de las más corruptas del planeta y las medidas que se toman para atajar esta lacra (incluyendo ejecuciones ante las cámaras) parecen más un circo mediático que un serio intento de hacer frente al problema.

Pocos, quizá los más cándidos o los que mantienen cierto alineamiento con el régimen comunista, confían en los chinos para solucionar cuestiones que deberían ser simples. China se muestra incapaz de solucionar problemas que en el decadente Occidente tenemos resueltos hace mucho, o al menos, los sobrellevamos mucho mejor. Las representaciones de Estados Unidos y Australia portan su propia comida y el agua es suministrada por Coca Cola. A diferencia de otros, no han olvidado que a mediados de marzo se descubrió que en China el uso de hormonas, antibióticos y otras sustancias en las explotaciones ganaderas dedicadas a carne es habitual, hasta el punto de que se llega a límites peligrosos y que se realiza de manera sistemática y consentida. También se han encontrado restos de insecticidas y otras sustancias que invitan a pensar que los criterios de calidad son como poco, laxos.

La apertura económica china ha generado una nueva aristocracia que vive en torno al Partido y que usa algunas de las herramientas del capitalismo para medrar a costa de cientos de millones de ciudadanos que aún viven en la más absoluta de las miserias. No seamos tan cándidos de creer que si la prosperidad ha llegado al 10% de la población del país más poblado del planeta es porque la libertad empieza a campar a sus anchas.

Al gobierno chino le ha estallado casi sin querer las consecuencias de su propia arrogancia y ha reaccionado como suele hacerlo un sistema represor: con la coacción, la intimidación y la violencia. Sin miramientos ha impuesto a periódicos y televisiones, turistas y visitantes y desde luego a disidentes, críticos o cualquier ciudadano chino que por error u omisión termine perjudicando a los objetivos del PCCh, una censura y un control de sus publicaciones y expresiones. Es lamentable ver como algunos medios occidentales hacen el juego a los dirigentes y colaboran con el régimen. Además, ha encarcelado o exiliado a críticos y opositores y aprovecha cualquier incidente para incrementar estas medidas de represión. La Olimpiada está dejando ver conflictos que después de que transcurran estos 18 días, no pueden volver a ser olvidados. Es nuestro deber seguir recordándolos y denunciándolos.

La falta de transparencia es una constante en la información. Mientras estoy terminando este artículo me entero que la organización ha reconocido que parte de la ceremonia inaugural que se vio el pasado viernes 7 de agosto estaba amañada, que la niña que entonó la “Oda a la Madre Patria” lo hizo en playback porque la belleza de la verdadera intérprete no era la adecuada, que los fuegos artificiales que se observaron habían sido grabados con anterioridad en los ensayos generales, mientras que otros fueron creados con programas de ordenador. Todo sea por la gloria del Partido, todo sea por la gloria de China, todo sea por la desgracia de los chinos, de la gran mayoría.

Tuesday, August 12, 2008

Samaranch y la politización de las Olimpiadas

En unas declaraciones al diario La Vanguardia de hace algunos meses, el presidente honorario del Comité Olímpico Internacional (COI), Juan Antonio Samaranch, dijo que era injusto utilizar los Juegos Olímpicos para castigar a China por asuntos políticos internos de ese país. Afirmó que “la política es la política y el deporte es el deporte. Y si hay quejas contra China que se lleven al foro adecuado a exponerlas”.

La verdad es que le tengo un sincero aprecio a mi paisano. Quizás sea porque el 17 de octubre de 1986, en Lausanne pronunció una de las frases más famosas y recordadas en mi ciudad: à la ville de… ¡Barcelona! Sin embargo, creo que peca de ingenuidad en sus declaraciones. O eso quiero creer…

La idea de que la política no participa en los Juegos Olímpicos no puede ser más inocente y estar más alejada de la realidad. Y es que lo político está presupuesto en los Juegos Olímpicos desde el mismo momento en el que intervienen los Estados. Y si tenemos en cuenta que las Olimpiadas las organizan, se llevan a cabo y participan los Estados, no cabe ninguna duda de que están irremediablemente politizadas de principio a fin. El aparato de compulsión y coacción lo hacen funcionar personas de carne y hueso, que no pueden dejar pasar estos grandes y espectaculares eventos para alcanzar sus propios fines.

Los poderes políticos no sólo necesitan y aprovechan estos eventos por los beneficios económicos que conllevan, sino principalmente para legitimarse. Esto es importantísimo, ya que un Estado no puede obtener obediencia simplemente mediante la represión. Incluso habiendo un partido único como es el caso chino (o precisamente por este motivo), éste debe controlar la opinión pública, ya que no puede sostenerse a largo plazo si sus políticas no son aceptadas por la mayoría de los gobernados. Debe conseguir que los ciudadanos/súbditos obedezcan sus órdenes sin necesidad de castigos ni recompensas.

La majestuosidad de la ceremonia inaugural cumple un papel de legitimación mediante la amplificación de la fantasía colectiva. La fantasía de que el individuo se debe a la nación; la fantasía de identificar a la nación con sus gobernantes; y finalmente, la fantasía de identificar a los gobernantes con los gobernados. En definitiva: más superstición colectivista y menos individuo.

Con estos intereses políticos no es de extrañar que se den continuos casos de corrupción, malversación de fondos y sobornos dentro del seno COI, como los que tuvo que hacer frente el propio Samaranch en 1999 debido a los escándalos de soborno a miembros de la junta directiva.

Además, conocemos casos históricos en los que los JJOO se han visto directamente alterados por motivos políticos. En 1980, Estados Unidos y algunos países del bloque occidental decidieron ausentarse de los Juegos de Moscú, en protesta por la invasión de Afganistán por parte de las tropas soviéticas. Cuatro años después, fueron la URSS y las naciones del Este de Europa las que optaron por boicotear los Juegos organizados por Estados Unidos en la ciudad de Los Ángeles. Otros países, como Cuba y Sudáfrica, tampoco participaron en las citas olímpicas durante mucho tiempo por razones de índole político.

Podemos preguntarnos si el denominado “Movimiento Olímpico” tiene que ver con aquel soñado por el barón Pierre de Coubertin, pero de lo que no hay duda es que la lógica y la historia nos demuestran que es imposible separar los Juegos Olímpicos de la política. Como mínimo, mientras la forma histórica de lo político siga siendo el Estado.

Friday, August 8, 2008

Mentiras Chinas, fracaso olímpico.

Cuando se otorgó a Pekín la organización de los Juegos Olímpicos del 2008 se hizo en el entendimiento más o menos explícito de que el gobierno comunista chino se comprometía en tres cuestiones fundamentales sin cuya presencia el ideal olímpico devendría charada onanista y reparto de medallas: aire limpio, libertad de prensa, derechos humanos. El pan y la mantequilla de una China que quisiera ocupar su lugar entre los paises civilizados.

El aire de Pekin era, como ha escrito José Antonio Martinez Abarca "bechamel y pelo de camello" No había forma de que se celebraran unos Juegos Ollímpicos sin que los corredores de maratón fueran asfaltando con sus cuerpos las polvorientas calles pekinesas. Una promesa de mera administración. La segunda promesa era de mera decencia: asegurar la libertad de expresión y de prensa durante los Juegos, una libertad que debería permanecer después junto a los nuevos estadios o la ampliación del metro como legado para nuevas generaciones de chinos. Finalmente se exigía que el comunismo chino garantizara los derechos humanos de sus ciudadadanos. Básico.

En el momento mismo en el que China obtenía la organización de los juegos Liu Jingmin, vicepresidente del Comité de la Candidatura Olímpica declaró: "Al permitir que Pekín organice los juegos, están ustedes colaborando al desarrollo de los derechos humanos"

Hoy, día en que se inauguran los Juegos Olímpicos, sabemos ya que China ha ignorado todas y cada una de sus promesas. No sólo eso sino que el proceso de preparación de los juegos ha supuesto un endurecimiento de la represión. Los Juegos no sólo han servido para mostrar el totalitarismo del comunismo chino y la opresión en la que viven los chinos sino que han creado su propia represión extra, olímpica, por así decir.

En marzo, monjes budistas tibetanos organizaron una serie de marchas pacíficas solicitándo una mayor autonomía para el Tibet. La policía china las disolvió brutalmente iniciando una espiral de violencia que brevemente pareció poder extenderse por todo el Tibet y las provincias chinas adyacentes. Más de cien personas murieron. El gobierno chino cerró a la prensa las zonas afectadas, expulsó a los periodistas extranjeros presentes llegando incluso a bloquear Youtube en China o a escanear los sms que llegaran o salieran de Tibet. Se orquestó una violenta y brutal campaña internacional de desprestigio contra el Dalai Lama.

Los sacerdotes católicos padre Zhang Jianlin y padre Zhangi, fueron arrestados el pasado mayo y se encuentran actualmente desaparecidos. Nadie conoce su paradero. Su delito: participar en una peregrinación católica al templo de Nuestra Señora de Shehan en Shanghai. La Iglesia Católica permanece proscrita en China y, como denuncia la Fundación Cardenal Kung de los treinta y cinco obispos católicos chinos todos y cada uno de ellos están en prisión, han desapaprecido o están bajo arresto domiciliario o bajo vigilancia. El Obispo de Zhending, Jia, ha pasado 18 de sus 74 años en la carcel.

En su carrera por conseguir medallas superando a los Estados Unidos y estableciendo su preeminencia mundial el Partido Comunista chino no ha dudado en separar a los atletas de sus familias sometiéndoles a entrenamientos inhumanos que ponen en riesgo su salud. El New York Times ha denunciado las insoportables presiones a las que se ven sometidos los favoritos para competir aun estando lesionados o, por poner sólo un ejemplo el enorme porcentaje de saltadores de trampolín con lesiones en la retina por los interminables, agotadores entrenamientos a los que se ven sometidos. Un 24%. Tampoco tiene los deportistas chinos la posibilidad de dejar el deporte si les resulta aburrido o doloroso o si simplemente quieren dedicarse a otra cosa. Wang Jenjun lleva diez años tratando de dejar el remo, en el que es medallista.

Mientras tanto, la contaminación del aire que se respira en Pekin supera tres veces la concentración considerada como segura por la OMS. Una combinación de falta de incentivos y corrupción ha minado todos los intentos por tener unos Juegos Olímpicos limpios.

China ha incumplido todas y cada una de sus promesas. Los Juegos saldrán mejor o peor en lo deportivo (y yo, qué no los pienso ver, me alegraré si no se bate un solo record) y en lo organizativo (varias delegaciones ya han anunciado que piensan llevar hasta su propia agua). En el sentido profundo de los Juegos, el que les quiso dar aquel liberal seguidor de Tocqueville que fue Pierre de Coubertin los Juegos han fracasado aun antes de ser inaugurados.

Los de Pekín son ya los juegos de la represión y la mugre.